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jueves, 1 de diciembre de 2016

CUARENTA CUADRAS, CINCUENTA MINUTOS


Hoy a la tardecita salí a caminar. No hay palabra más linda que tardecita. Y tan certera. Ese rato de tiempos muertos que tengo desde que vuelvo de trabajar y la cena. La tardecita que cobra más sentido y peso en el verano, porque es más larga y porque  hace calor.
Salgo a caminar todos los días. En el invierno, a la siesta, cuando empieza el calor, a la tardecita. Imposible salir a caminar a la siesta un día como hoy con 37ª de sensación térmica. Salgo sola, porque quiero despejarme, pensar mis cosas, sacar conclusiones, llorar detrás de los anteojos de sol. Observar. Si salgo con alguna amiga se conversa mucho y vuelvo nerviosa, acelerada. Cuando el celular logra terminar el día con algo de batería me lo llevo y escucho la radio. Una específica, un programa concreto que me gusta. No tengo música en el celular. Nunca tuve.
Tengo un recorrido rutinario. Evito las calles donde pasan muchos autos, gente, motos, bicis, perros. Pero a la vez, no tengo muchas opciones. Camino aproximadamente unas cuarenta cuadras. Nada del otro mundo. Cuarenta cuadras, cincuenta minutos. Siempre igual.
Pero hoy fue diferente. Fui testigo de algo que trato de olvidar pero no puedo. Cuando estaba caminando por el veredón, llegando a la punta de la avenida, veo venir a una chica con la que tuve una reunión de trabajo hoy a la tarde. La reconocí a lo lejos, la saludé y le di la espalda porque tenía que pegar la vuelta. Alcancé a ver que entre las piernas le caminaba un perrito, chiquito, negro y blanco. Lo que yo llamo un cusquito. Pensé que sería de ella. Mucha gente camina con sus perros, algunos atados, otros sueltos. Yo lo intenté un par de veces con mi Adela pero no dio resultado, me la pasé buscándola y retándola porque se distraía con cientos de cosas y no me seguía. Cuando le conté al veterinario la anécdota me alertó. Me dijo que no la lleve más porque era peligroso. Por la calle, los autos. Además pobre mi gorda, volvió cansadísima.
La escuchaba a Norma que me camina por detrás, cerca. Vi como el perrito se adelantaba, me seguía a mí, después a una chica que pasó corriendo, después pegó la vuelta con unas señoras que venían de frente, después en la calle siguiendo a otras chicas en rollers. Y así. Cuando lo tuve cerca, adelante mío lo miré bien. El amor que siento por mi perra hizo que de a poco me fuera enamorando de todos los animales del universo. Siento una empatía enorme hacia ellos. Y los perros me pueden. En un momento siento que alguien comenta algo sobre él. De quien será, estará perdido. Yo convencida que era de Norma. Después de varias cuadras, de pronto siento el ruido de una moto grande, miro para la calle y veo justo al lado mío, sobre el borde del cordón, al perrito salir volando. La moto lo había atropellado, o enganchado con alguna parte. Hizo una pirueta en el aire y cayó sobre el césped. Lo miré, le miré los ojitos, la panza que respiraba, como en una película en cámara lenta y pensé, segurísima, ahora se levanta, no pasa nada. No hubo ningún ruido trágico, fue como si nada hubiera pasado. Pero en esos segundos que pasaron nada pasó. Seguí avanzando y escucho cómo las personas que habían visto todo de frente y Norma que venía detrás dicen, ay nooo, está muerto. No pude parar, ni siquiera pude mirar para atrás. Seguí caminando y automáticamente empecé a pensar en mi papá. En los años que me iba a dormir con el teléfono cerca pensando que llegaría el llamado avisando de su muerte. Y lloré, lloré. Por mi papá, por su muerte que siento cada vez más cercana. Por las excusas para llorar. Por el perrito, por todo lo que me duele en estos días. Por mí.

Y también me acordé en el último entierro que estuve, de una muerte ridícula, cercana, totalmente inesperada, viendo a tanta gente joven llorar desconsoladamente y saber, certeramente que no todos lloraban por el muerto. Que algunos lloraban por los vivos y otros, por ellos mismos.

lunes, 8 de junio de 2015

OBSERVACIONES CLINICAS


La clínica tiene una salita de espera justo enfrente de la habitación n°4. La salita es como un pupo arquitectónico, un cuadrado que sobresale para afuera y no molesta el normal funcionamiento del pasillo. Tiene un ventanal que da a un patio de luz por donde entra muy poca luz y cuatro sillones horribles e incómodos. Pero me permiten sentarme a leer mi Murakami sin alejarme de la habitación, tengo que hacer guardia, no vaya a ser cosa que justo llegue el médico y yo no esté y después no sepamos qué pasa. Porque nunca sabemos qué pasa y porque los médicos son “escurridizos”. Los entiendo, yo hago lo mismo con mis clientes, voy a la obra cuando sé que ellos no están, hasta me aprendo sus horarios de trabajo para evitarlos. Eso me permite hablar con el albañil y listo. Aunque sepa que en algún momento nos tendremos que encontrar. Pero no cambiemos de tema. Ser médico no es lo mismo que ser arquitecto. Una vida vale más que una casa.
En la clínica hay pocos momentos de silencio. La mañana temprano, la siesta, la madrugada. Aunque se escuche el constante chancleteo de las enfermeras. Porque las enfermeras chancletean desde que se pusieron de moda esos suecos plásticos espantosos y mugrientos que ellas usan en blanco combinados con medias de colores inverosímiles.
Hoy a la mañana mientras disfrutaba de uno de esos momentos de paz, leía mi Murakami y relojeaba la puerta n°4, de pronto se llenó el pasillo de gente, una familia entera, enorme, unas quince personas de todas las edades. Me asomo y entiendo, al final del pasillo está el quirófano. Los tengo a unos pocos metros, ellos también hacen guardia frente a otra puerta, no la veo, será la n° 5? Porque misteriosamente y sin lógica la de al lado de la n°4 tiene una letra A. Los escucho hablar. Son siete hermanos, la enfermera se encarga de hacer las preguntas de rigor. Preguntas personales, obvio. Son de otro pueblo, eso justifica por qué llegaron en grupo (aunque yo también soy de otro pueblo y estoy sola). Operaron al padre de los siete de una hernia, están esperando que se termine de despertar para verlo. Quedó más familia en el pueblo porque un par hablan por celular y dan las buenas nuevas. Todo salió bien. Yo sigo con mi libro. Por mi puerta no hay novedades y para la familia numerosa tampoco. Hasta que entra en escena otro actor (o actriz) de las clínicas, la que limpia. La escucho que les dice claro y en voz alta: qué hacen todos ustedes acá, tengo que limpiar el pasillo. Vayan a la salita de espera. “Mi” salita de espera. Enseguida se escucha el carro de la limpieza, palos, trapos, baldes. Olor a clínica, tapemos todo con olor, hagamos como que limpiamos. Vienen todos en tropel hacia los sillones y se encuentran conmigo, sentadita, libro en mano. Me atraviesan cuatro o cinco, se acomodan en los tres sillones restantes, niños a upa, dos por sillón, los demás sobre el pasillo. Me rodean, conversan, mandan a uno a cambiar la tarjeta del estacionamiento y me miran con intención que me vaya, estoy de más. Ellos me miran a mí y yo miro el libro, trato de entender por qué Kitaru manda a su mejor amigo Tanimura a declararse a su novia Erika. Parece que quiere ponerla a prueba, desconfía de ella. Hasta que los salva la campana. Pego un salto. De pronto pasa el muchacho cardiólogo, cuando lo veo me pregunto: en qué momento de su vida estudió y viajó a tantos congresos este chico? (los vi colgados en su consultorio en otra oportunidad). Aparece de jean, camisa, barbudo. Pero el tipo es cardiólogo y punto. Me saluda con un beso, tiene aliento a café. Lo atajo para que me informe algo. Como ya expliqué antes, es escurridizo y anda a las corridas. Trato de retener lo que me dice. Y listo, el que se fue a Sevilla perdió su silla. La familia terminó de ocupar toda la salita. A la noche se irán y yo seguiré acá y volveré con mi Murakami.
A la tardecita logro ocupar de nuevo mi lugar, mi silloncito. Y escucho que hablan pero del otro lado del pasillo. Es la parte de los consultorios. Tampoco los veo, los imagino, son una señora y un señor que obviamente no se conocen pero se cuentan todos sus males físicos. Nunca lo entenderé. Esa necesidad de compartir cosas personales con desconocidos en clínicas, aeropuertos y ascensores. Habrá otros lugares más, estos tres, comprobados por mí. La señora cuenta: el cuerpo te pasa factura, cuando te toca, te toca, doce años cuidando enfermos, mis padres, mi marido, mi suegra. Zafé entre los palos de cáncer de tiroides (yo también y no se lo cuento a nadie), me sacaron todo, tenía tres nódulos (yo tenía siete y no se lo cuento a nadie). Ahora me operaron de hernia en las cervicales, tres meses con cuello ortopédico, pero no de esos blanditos, no, el de plástico duro. No me lo podía sacar ni para dormir, ni para bañarme. Y cuando dijo eso, automáticamente me la imaginé acostada, desnuda, por hacer el amor con el marido, supongamos, con el cuello ortopédico puesto. Es muy común en mí cuando estoy con amigos, una pareja, por ejemplo, imaginármelos teniendo sexo. No sé porque. Algunos me los imagino fácil y otros no puedo, en esos casos pienso que no tienen relaciones, que andan mal. Como si mi imaginación manejara la vida sexual de las personas. En este caso me tuve que imaginar no sólo la situación sino la cara de la señora, la cual nunca vi. Estaba contenta porque la había operado el Dr. Olivero, un neurocirujano muy de moda por estos lares, eso lo sé porque también lo hemos frecuentado.
Pero volvamos a lo mío. Me asomo a la habitación n°4, mi papá duerme y espera. Paciente, como buen paciente. Me escucha entrar, se da vuelta, me mira. Quiere saber si hay novedades, cuándo nos vamos, qué hora es. Me pregunta a cada rato qué hora es. Mi papá, que hace años está enfermo de enfermedades de todo tipo, de las más raras y complicadas. El sobreviviente, el que debería estar muerto, como me dijo un médico amigo cuando llorando le planteé que tenía miedo que muriera pronto. Agradecé que está vivo, me repitió varias veces. El papá que nos crió sin palabras y con ejemplos, que no se queja, no demanda ni manda. Agradece y espera. Yo agradezco y temo.
Cenamos tempranísimo (me dan de comer en la clínica) y la noche pinta eterna. Como adentro no hay señal voy hasta la vereda a dar el parte médico al resto de la familia  que espera a más de 100 kms.  Estamos en junio y todavía no hizo frío. Mañana viaja Benjamín, me avisan. Es mi relevo. Pero para mañana falta un siglo, mirar las novelas que le gustan a mi papá a un volumen imposible para mis oídos jóvenes, las rondas de enfermeros y que la mamá jovencita que pasó para la sala de parto en silla de ruedas tenga su bebé y exista una vida más sobre la tierra.
Entonces, me instalo en el silloncito, necesito saber qué va a pasar entre Tanimura y Erika, si finalmente se dirán todo lo que se tienen que decir o simplemente no pasará nada, como en todos los libros de Murakami.




jueves, 28 de mayo de 2015

Palabras

Escribo para que sepas quién soy.
Escribo para que salgan las miles de piedritas que pesan en mi corazón.
Escribo porque leo.
Escribo porque amo las palabras, las admiro, las envidio porque dicen lo que yo no puedo.
Escribo desde niña, contando mi vida día a día, para recordar.
Escribo desde adolescente contando sueños, amores, proyectos, fantasías, esperas.
Escribo desde adulta contando mis viajes, mis niñas, mi amor, mis dolores, mis penas.
Escribo para entender, para aprender, para ser, para existir y no desaparecer.
Escribo porque sino moriría.

Sin vos moriría.

PRE ADOLESCENCIA



ADOLESCENCIA 100%













HOY

martes, 25 de marzo de 2014

Así será

Te irás a estudiar a Córdoba, segurísima de la carrera a seguir. Lo decidirás a los catorce, al conocer el novio de tu hermana. Te quedarás maravillada con sus dibujos y su letra de molde. Soñarás con lo mismo para tu futuro.
Estudiarás arquitectura en la nacional.
Caerás a la facultad en mayo, totalmente perdida y entusiasmada, te enterarás que ese año anduvieron de paro y gracias a eso podrás cursar dos materias de primer año que todavía no comenzaron.
Te esforzarás mucho, te costará. Renegarás.
Te querrás morir de bronca cuando los profes rompan y desprecien tu trabajo. Te irás dando cuenta que haber sido la mejor alumna en el secundario no te servirá de mucho.
Entregarás el trabajo final de Arquitectura I de primer año en noviembre y esperarás buenos resultados. Te sentirás la peor cuando la profesora te llame para decirte que está todo mal, que no se arregla con corregir algunas cosas. Deberás hacer todo de nuevo y volver directamente en marzo. No te dejarán libre sólo porque no faltaste nunca y entregaste todos los trabajos.
Volverás a tu casa caminando por Nueva Córdoba con las lágrimas por el piso. Irás a la telefónica de la calle Brasil a llamar por operadora a tu mamá. Lloraras por teléfono, le dirás que querés dejar, que la cosa no va. Escucharás como tu madre te alecciona sobre cómo es la cuestión en la facultad, dudarás.
Le contarás a tu marido y volverás a llorar. Te escuchará y no te prestará mucha atención. Aprenderás para siempre que con él no te podrás hacer la víctima.
Te prepararás en el verano y muy a tu pesar tendrás que pedir ayuda. Llegará marzo. Otra vez te retarán, te harán sentir la nada misma, te pondrán un seis de lástima y te sentirás la persona más mediocre del mundo. Odiarás la mediocridad, eso sí que no lo podrás soportar.
Levantarás cabeza y comenzarás un nuevo año lectivo. La carrera te dará muchos años para repuntar. Admirarás a esa profesora y terminarán siendo casi amigas.
Empezarás a hacerte cargo de tu propia vida. Dejarás de ser adolescente.

Terminarás  siete años después, feliz y enamorada de la arquitectura. 

martes, 11 de marzo de 2014

Ella

Ella tiene un cuaderno donde anota todos sus viajes y en las últimas hojas hay dos solapas, una dice: “lugares a los que quiero ir”, y la otra, “lugares adonde quiero volver”. Y ahí estaba firme Nueva York, hace muchos años, en la solapa de lo desconocido.
Ella soñaba con conocer Nueva York. Ella ama las ciudades, las prefiere, sin dudar, a los viajes de playa. Ella quiere aprender, conocer, saber dónde está parada.
Cuando junio decía adiós con la mano y el frío se instalaba por fin en sus tierras, ella decidió partir. Su trabajo, su familia, su bolsillo y su entusiasmo le alcanzaban para pasar diez intensamente planificados  días en la gran ciudad.
A ella no le gusta el calor, pero en Nueva York y de vacaciones, lo mismo le da. Esa limitada capacidad física de trabajo intenso que mueve sus días se multiplica infinitamente cuando está de viaje. La curiosidad es su combustible interminable.
Ella camina y gira la cabeza hacia todos lados, absorbe como una esponja todo lo que ve. Ella es arquitecta y tiene una fina memoria visual, estética. Ella camina horas, se detiene y mira a la gente, el diseño de un banco, una marquesina, una puerta, un jardín. Ella no toma muchas fotos, le parece que pierde el tiempo, prefiere mirar todo con sus propios ojos y recordar.
Ella cuando viaja es feliz, nada le duele, nada le molesta, nada se extraña. Ella vuelve de sus viajes con la cabeza llena. Siente que crece, que se arriesga. Ella es organizada y estructurada, tiene un listado de lugares para conocer, de los turísticos y de los otros y los  va cumpliendo día a día. Ella planea todo sola, se mueve en subte, compra pasajes, reserva hoteles, organiza visitas. Ella se autogestiona  porque le gusta sentirse libre. A veces se pone ansiosa, sale de su zona de confort. Eso es lo que le gusta de conocer lugares nuevos, emocionarse, sorprenderse, sentirse viva.
Ella se encuentra una tarde calurosa en un parque del Soho con un coro de chicos que cantan bellísimo rodeados de gente que aplaude y se emociona. Ella se tapa la cara con las manos y llora. Se pregunta por qué está sola. Llora porque se encuentra envuelta en un momento único, irrepetible y no tiene con quien compartirlo. Llora porque reconoce la certeza de un sueño que se cumple, lo siente en su cuerpo, lo sella en su mente. Ella también sabe que hay cosas difíciles de compartir, como caminar veinte cuadras para llegar al Guggenheim, porque admira al arquitecto que diseñó el edificio. Ella se para en la vereda de enfrente y se le pone piel de gallina. Ella entra al Met y al encontrarse con un Van Gogh auténtico le tiemblan las piernas. Esas son las cosas que a ella le gustan. La trascendencia de la historia. Las huellas que deja la gente que admira.
Ella lee a Murakami y se lleva el último libro que compró. Se decepciona al entrar a la biblioteca pública y encontrase a cientos de personas leyendo de computadoras. Ella sabe que la gente lee, pero ya no tienen libros en la mano. Ella se sienta con su Murakami a la sombra en el  bellísimo parque detrás de la biblioteca y se siente feliz. Ella todavía viaja con sus libros a cuestas.
Ella se enamora de los barrios de la ciudad donde puede percibir algo de personalidad, de historia. Ella busca eso, aun en Nueva York. Ella no es especialmente admiradora de la cultura yanqui, pero envidia su comportamiento ciudadano. El estado de los espacios públicos, los museos, los parques, las calles. Ella no puede dejar de pensar en su país, tan diferente.
Ella va al ground zero, donde estaban las torres gemelas y se pregunta cómo pudo suceder algo así, ahí, en ese lugar. Ella se queda impactada pero no lo lamenta. Siempre se le dio por estar del lado de los más débiles y ellos no son, en este juego de poderes que es el mundo en el que vivimos, ni por asomo,  los más débiles.
Ella en esos diez días exprime a la ciudad y viceversa.
Ella ya está de vuelta inmersa en su rutina diaria, pero no le importa.
Ella ya está organizando su próximo viaje.


martes, 4 de marzo de 2014

Miedo

La primera vez que sucedió lo justifiqué. Era la primera noche que dormíamos en la casa nueva, con cama nueva, todo distinto. Y casi me mato. Me tiré de la cama de dormida. No me caí, me tiré, como a una pileta de natación sin agua y con el piso sin terminar. Imagínense, me raspé hasta el alma.
Si señores, soy sonámbula. Pero no una sonámbula divertida, sino una del tipo que asusta a los demás y pone en riesgo su integridad física.
Ese verano que me mudé la cosa se puso cada vez peor.
A los pocos días me volví a tirar, pero por la ventana y vale la pena aclarar que la ventana es chiquita, y que del otro lado hay una galería, pero sobre elevada como un metro y fui a parar allá abajo. Me esguincé el tobillo. Todavía tengo grabada la cara de mi marido asomado por la ventana. Totalmente desconcertado y asustado.
La tercera vez me desperté en la calle y para que no se asusten les cuento. Vivo en un pueblo pequeño en las afueras y además, donde hicimos la casa hace doce años atrás, era prácticamente campo.  Me despertó el frío que sentí, estaba con mis atuendos de dormir de verano, una remera cualquiera y en calzones… Menos mal que todavía no tenía vecinos. Me encontré ahí parada, con frio y pensando, ¿qué hago acá?
Otra noche me levanté y fui al comedor, me apoyé en la mesa y me puse a mirar el patio a través de la puerta ventana, mientras pensaba como siempre, ¿qué hago acá?, ¿estoy despierta o dormida? Y ¿qué veo? Un ratón enorme caminando por el tirante del techo de madera. Pensé que estaba soñando, pero no, al otro día mi perro lo cazó, o sea, dormida pero atenta.
El problema más grande es el señor que comparte la cama conmigo, mi marido, que no me entiende. Al principio me discutía y me retaba. ¿A quién se le ocurre discutir con una sonámbula? Me asustaba mucho porque no entendía qué pasaba. El me dice que es al revés, que yo lo asusto a él, pero convengamos, estoy en desigualdad de condiciones porque yo estoy dormida. Después de tantos años se fue acostumbrando y ahora o no me habla o trata de convencerme muy dulcemente que siga durmiendo, pero se enoja bastante.
Después de esta seguidilla de eventos la cosa no daba para más. Además de mis paseos extramuros, casi todas las noche me levantaba a “darme una vuelta” por la casa, me aparecía en la habitación de mis hijas y según su parecer “con cara de loca” les preguntaba “¿qué hacen?” como si fueran las cinco de la tarde. Así que partí de mi neuróloga, una chica joven que ya me había tratado las migrañas. Me hizo varios estudios y finalmente me planteó la posibilidad de  hacerme una polisomnografia, o sea, un estudio del sueño. Te tenés que internar, quedarte a dormir en un sanatorio como si fuera tu casa pero enchufada por todos lados. Después de muchas charlas y consideraciones llegamos a la conclusión que no daría resultado. Ella con ciertas precauciones para no ofenderme me dijo: “tenes que ir a un siquiatra, esto es un trastorno de ansiedad” Y allá fui. El tipo me explicó que mi mente no para, que no me funciona ese filtro que hace que no actuemos lo que estamos soñando, uy!, ¡qué divertido sería!, ¿se imaginan? Me medicó, pero me seguía levantando peor. Más dormida todavía, más peligroso se tornaba.
Un fin de semana largo nos fuimos a las sierras, a una casa grande con mis hermanos, éramos muchos. Nos tocó un dormitorio con cuchetas. Yo estaba en mi peor momento así que pensé, me acuesto abajo, por las dudas, para no golpearme. Y ¿qué pasó?, que pegué un salto y me partí la ceja con la cama de arriba y ¡no me desperté! Seguí durmiendo unos minutos hasta que el dolor de cabeza que sentía y algo frío y líquido que me chorreaba por la cara y se me metía dentro de la oreja me hicieron despertar. Voy al baño y me encuentro con ese panorama, toda la cara ensangrentada y yo sin saber de dónde me salía la sangre. No podía dejar de pensar que estábamos en un pueblo aislado y que si me tenían que coser, ¿qué haríamos? A los gritos como una loca desperté a todo el mundo y cuando  me vieron fue muy gracioso. Hasta que encontramos el corte y no era para tanto, pero…
Así fue que empecé yoga y técnicas de respiración. Hoy estoy mejor. Me levanto, le digo algo a mi marido, generalmente en un tono enojada o con miedo y después de pensar unos segundos, me voy dando cuenta que no estoy despierta. Leve. Los mediodías la pregunta de rutina es: ¿anoche me levanté, no? Y todos nos reímos de la situación.
Fantaseo con poner una camarita en mi dormitorio, como en la película “Actividad paranormal”, pero no me animo. Tengo miedo que al mirar los videos, además de ver todas mis locuras nocturnas, aparezca algo raro, y ahí sí que no duermo nunca más….










lunes, 24 de febrero de 2014

Ritual

- “¿Mañana a las 9 entonces?”
- “si, a las 9”.
No importa que sean las doce de la noche o las tres de la mañana. Es verano y al otro día, domingo. Las mañanas de verano de domingo son para disfrutar, y eso hacemos. Con un mínimo diálogo confirmamos el ritual.
Nos levantamos a las nueve. Preparamos el mate. Hacemos tostadas con pan del freezer o algún bizcocho viejo que ande dando vueltas. Nunca fuimos clientes de panadería. Yo me hago un mate cocido. No puedo tomar mate como primera bebida, me cae mal. Necesito la taza, “tomar la leche”. Después si, cuando la mañana avanza tomo algún que otro mate.
El comedor y la cocina están inundados de patio. Afuera todo brilla y está perfumado. Primero el jazmín paraguayo, después el jazmín de leche y por último la madreselva. Van alternando sus perfumes para hacernos compañía.
Acomodamos los sillones y la mesita mirando para el este. Si hace mucho calor, tomamos sol. Amo el sol de la mañana. Es cálido y fresco al mismo tiempo. Es tranquilo y no agrede. El patio está en silencio. Casi no tengo vecinos y los domingos a la mañana la gente duerme. No saben lo que se pierden. Leemos el diario y hablamos de cosas importantes. Desde comprar otra hortensia hasta qué vamos a hacer en las vacaciones. Hablamos de plata y de las nenas. De nuestros trabajos y de los días que vendrán. De la semana que nos espera. Trabajamos mucho y durante los días laborables nos vemos poco. En esos días la casa nos mira pasar y nosotros la miramos a ella con ganas. Ganas de disfrutarla, porque nos encanta. Y más amamos el patio. Todo queda para el fin de semana, cortar el pasto, tomar decisiones. De lunes a viernes cuando salgo a trabajar con mis pantalones largos y mis zapatos cerrados miro el patio, con su calor, sus flores y la pileta y pienso, “el domingo, ya llegará el domingo”.
Después de tomar unos mates y charlar, se corta el pasto, ordenamos el patio, limpiamos la pileta. A eso de las once escuchamos una vocecita que se asoma por la galería: “ey, ¿qué hacen?”. Es la niña que se despierta y se encuentra sola dentro de la casa. Sabe dónde estamos y se suma a la mañana. Pero ya todo cambia. La magia se transforma en realidad. Cambian los temas y las actividades. Se aproxima la hora del almuerzo. A veces se cocina asado, y si hace mucho calor organizamos pic nic en la sombra, como si estuviéramos en un camping. Entro a la casa y empiezo a ordenar. Pongo ropa a lavar. Comemos.
Después viene la siesta. Y después de la siesta cada cual toma su camino, club, amigos, tele, lectura. Ya está, la magia terminó. Mañana es lunes y hay que prepararse.

Si llueve el ritual cambia. Dormimos más, nos quedamos adentro, comemos pasta. Pero qué importa, estamos juntos, el verano es largo y siempre llegará el domingo.

sábado, 8 de febrero de 2014

Una mañana común

Estoy en el banco. La gente me mira, ellos se conocen entre todos, pero a mí no. No soy de acá. Soy de un pueblo vecino. Vengo seguido por trabajo y además, al banco. Es un Banco Nación y en mi pueblo no hay. No es que este pueblo sea mejor o más lindo que el mío, no. Nos disputamos muchas cosas, ellos tienen Banco Nación, nosotros tenemos más restaurantes, y más escuelas. Estamos a 16 kilómetros.
Siempre hay  mucha gente, el cartel avisador de los números de orden para las cajas marca el 18 y yo tengo el 31. Parece que voy a estar un rato largo. Me espera el albañil en la obra pero no me animo a irme y volver después, a veces los números pasan rápido, a veces no.
Atrás mío escucho como conversan dos señores mayores. Hablan de la economía, de política y por supuesto, se quejan de todo, especialmente de la presidenta. Hablan del campo, de la soja, del dólar. Los temas de los que hablan todos por acá. Parece que la siembra de la soja en Estados Unidos pinta exitosa y eso está haciendo bajar el precio, después de tantos años viviendo en la zona, hasta yo lo entiendo.
Odio los bancos, las esperas, los papeles, los “sistemas”. Este banco por lo menos tiene   asientos donde esperar cómodamente, entonces yo, que no conozco a nadie y no puedo matar el tiempo haciendo sociales como hacen los demás, me traigo algo para leer. Pero hoy no, el libro que estoy leyendo es muy grande y pesado. Así que saco mi hermosa libretita de Gaudí y mi lapicera y escribo.
El banco cambió totalmente su organización interior desde que sucedió lo del caso Piparo. Ahora no vemos qué hacen los cajeros ni porqué tardan tanto, ni siquiera podemos saber si de las cuatro cajas está funcionando una sola o las cuatro. Sólo queda mirar para el cartelito que cambia los números. Y esperar, escuchar, escribir.
Llega un señor más joven y se sienta a mi derecha. Le habla a la chica que esta mas allá sentada hace rato: “tengo para toda la mañana” le dice, y la chica resignada le contesta: “esto es siempre así”. Y yo pienso, bueno, toda la mañana no, porque levanto la vista y alcanzo a ver el reloj de pared que está colgado en la oficina del gerente y marca las 11:10. Para mí la mañana ya está terminando. En los pueblos del interior el mediodía es a las 12, 12 y media a más tardar. El mediodía marca el fin de la mañana y el comienzo de la tarde.
Suenan teléfonos con todas las músicas posibles. La gente va y viene, sale, habla en la vereda, vuelve. Se escucha a cada ratito: “estoy en la banco, después te llamo”.  Y yo me pregunto cuando el cartel ya marca el 23, “¿qué hago acá?, ¿podríamos vivir sin esto, que tanto estresa, que a nadie le gusta?”. Supongo que sí, pero quedaría afuera de muchas cosas, del bendito “sistema”. Hoy vine porque tengo que pagar lo que gasté en mi último viaje y a hacer una transferencia para el taller de escritura a distancia. Viajar y escribir, dos actividades que me dan mucho placer. Que me significan una hora en el banco una vez por mes. 

Tampoco es para tanto, levanto la vista y el cartel ya marca el 26.