martes, 25 de marzo de 2014

Así será

Te irás a estudiar a Córdoba, segurísima de la carrera a seguir. Lo decidirás a los catorce, al conocer el novio de tu hermana. Te quedarás maravillada con sus dibujos y su letra de molde. Soñarás con lo mismo para tu futuro.
Estudiarás arquitectura en la nacional.
Caerás a la facultad en mayo, totalmente perdida y entusiasmada, te enterarás que ese año anduvieron de paro y gracias a eso podrás cursar dos materias de primer año que todavía no comenzaron.
Te esforzarás mucho, te costará. Renegarás.
Te querrás morir de bronca cuando los profes rompan y desprecien tu trabajo. Te irás dando cuenta que haber sido la mejor alumna en el secundario no te servirá de mucho.
Entregarás el trabajo final de Arquitectura I de primer año en noviembre y esperarás buenos resultados. Te sentirás la peor cuando la profesora te llame para decirte que está todo mal, que no se arregla con corregir algunas cosas. Deberás hacer todo de nuevo y volver directamente en marzo. No te dejarán libre sólo porque no faltaste nunca y entregaste todos los trabajos.
Volverás a tu casa caminando por Nueva Córdoba con las lágrimas por el piso. Irás a la telefónica de la calle Brasil a llamar por operadora a tu mamá. Lloraras por teléfono, le dirás que querés dejar, que la cosa no va. Escucharás como tu madre te alecciona sobre cómo es la cuestión en la facultad, dudarás.
Le contarás a tu marido y volverás a llorar. Te escuchará y no te prestará mucha atención. Aprenderás para siempre que con él no te podrás hacer la víctima.
Te prepararás en el verano y muy a tu pesar tendrás que pedir ayuda. Llegará marzo. Otra vez te retarán, te harán sentir la nada misma, te pondrán un seis de lástima y te sentirás la persona más mediocre del mundo. Odiarás la mediocridad, eso sí que no lo podrás soportar.
Levantarás cabeza y comenzarás un nuevo año lectivo. La carrera te dará muchos años para repuntar. Admirarás a esa profesora y terminarán siendo casi amigas.
Empezarás a hacerte cargo de tu propia vida. Dejarás de ser adolescente.

Terminarás  siete años después, feliz y enamorada de la arquitectura. 

martes, 11 de marzo de 2014

Ella

Ella tiene un cuaderno donde anota todos sus viajes y en las últimas hojas hay dos solapas, una dice: “lugares a los que quiero ir”, y la otra, “lugares adonde quiero volver”. Y ahí estaba firme Nueva York, hace muchos años, en la solapa de lo desconocido.
Ella soñaba con conocer Nueva York. Ella ama las ciudades, las prefiere, sin dudar, a los viajes de playa. Ella quiere aprender, conocer, saber dónde está parada.
Cuando junio decía adiós con la mano y el frío se instalaba por fin en sus tierras, ella decidió partir. Su trabajo, su familia, su bolsillo y su entusiasmo le alcanzaban para pasar diez intensamente planificados  días en la gran ciudad.
A ella no le gusta el calor, pero en Nueva York y de vacaciones, lo mismo le da. Esa limitada capacidad física de trabajo intenso que mueve sus días se multiplica infinitamente cuando está de viaje. La curiosidad es su combustible interminable.
Ella camina y gira la cabeza hacia todos lados, absorbe como una esponja todo lo que ve. Ella es arquitecta y tiene una fina memoria visual, estética. Ella camina horas, se detiene y mira a la gente, el diseño de un banco, una marquesina, una puerta, un jardín. Ella no toma muchas fotos, le parece que pierde el tiempo, prefiere mirar todo con sus propios ojos y recordar.
Ella cuando viaja es feliz, nada le duele, nada le molesta, nada se extraña. Ella vuelve de sus viajes con la cabeza llena. Siente que crece, que se arriesga. Ella es organizada y estructurada, tiene un listado de lugares para conocer, de los turísticos y de los otros y los  va cumpliendo día a día. Ella planea todo sola, se mueve en subte, compra pasajes, reserva hoteles, organiza visitas. Ella se autogestiona  porque le gusta sentirse libre. A veces se pone ansiosa, sale de su zona de confort. Eso es lo que le gusta de conocer lugares nuevos, emocionarse, sorprenderse, sentirse viva.
Ella se encuentra una tarde calurosa en un parque del Soho con un coro de chicos que cantan bellísimo rodeados de gente que aplaude y se emociona. Ella se tapa la cara con las manos y llora. Se pregunta por qué está sola. Llora porque se encuentra envuelta en un momento único, irrepetible y no tiene con quien compartirlo. Llora porque reconoce la certeza de un sueño que se cumple, lo siente en su cuerpo, lo sella en su mente. Ella también sabe que hay cosas difíciles de compartir, como caminar veinte cuadras para llegar al Guggenheim, porque admira al arquitecto que diseñó el edificio. Ella se para en la vereda de enfrente y se le pone piel de gallina. Ella entra al Met y al encontrarse con un Van Gogh auténtico le tiemblan las piernas. Esas son las cosas que a ella le gustan. La trascendencia de la historia. Las huellas que deja la gente que admira.
Ella lee a Murakami y se lleva el último libro que compró. Se decepciona al entrar a la biblioteca pública y encontrase a cientos de personas leyendo de computadoras. Ella sabe que la gente lee, pero ya no tienen libros en la mano. Ella se sienta con su Murakami a la sombra en el  bellísimo parque detrás de la biblioteca y se siente feliz. Ella todavía viaja con sus libros a cuestas.
Ella se enamora de los barrios de la ciudad donde puede percibir algo de personalidad, de historia. Ella busca eso, aun en Nueva York. Ella no es especialmente admiradora de la cultura yanqui, pero envidia su comportamiento ciudadano. El estado de los espacios públicos, los museos, los parques, las calles. Ella no puede dejar de pensar en su país, tan diferente.
Ella va al ground zero, donde estaban las torres gemelas y se pregunta cómo pudo suceder algo así, ahí, en ese lugar. Ella se queda impactada pero no lo lamenta. Siempre se le dio por estar del lado de los más débiles y ellos no son, en este juego de poderes que es el mundo en el que vivimos, ni por asomo,  los más débiles.
Ella en esos diez días exprime a la ciudad y viceversa.
Ella ya está de vuelta inmersa en su rutina diaria, pero no le importa.
Ella ya está organizando su próximo viaje.


martes, 4 de marzo de 2014

Miedo

La primera vez que sucedió lo justifiqué. Era la primera noche que dormíamos en la casa nueva, con cama nueva, todo distinto. Y casi me mato. Me tiré de la cama de dormida. No me caí, me tiré, como a una pileta de natación sin agua y con el piso sin terminar. Imagínense, me raspé hasta el alma.
Si señores, soy sonámbula. Pero no una sonámbula divertida, sino una del tipo que asusta a los demás y pone en riesgo su integridad física.
Ese verano que me mudé la cosa se puso cada vez peor.
A los pocos días me volví a tirar, pero por la ventana y vale la pena aclarar que la ventana es chiquita, y que del otro lado hay una galería, pero sobre elevada como un metro y fui a parar allá abajo. Me esguincé el tobillo. Todavía tengo grabada la cara de mi marido asomado por la ventana. Totalmente desconcertado y asustado.
La tercera vez me desperté en la calle y para que no se asusten les cuento. Vivo en un pueblo pequeño en las afueras y además, donde hicimos la casa hace doce años atrás, era prácticamente campo.  Me despertó el frío que sentí, estaba con mis atuendos de dormir de verano, una remera cualquiera y en calzones… Menos mal que todavía no tenía vecinos. Me encontré ahí parada, con frio y pensando, ¿qué hago acá?
Otra noche me levanté y fui al comedor, me apoyé en la mesa y me puse a mirar el patio a través de la puerta ventana, mientras pensaba como siempre, ¿qué hago acá?, ¿estoy despierta o dormida? Y ¿qué veo? Un ratón enorme caminando por el tirante del techo de madera. Pensé que estaba soñando, pero no, al otro día mi perro lo cazó, o sea, dormida pero atenta.
El problema más grande es el señor que comparte la cama conmigo, mi marido, que no me entiende. Al principio me discutía y me retaba. ¿A quién se le ocurre discutir con una sonámbula? Me asustaba mucho porque no entendía qué pasaba. El me dice que es al revés, que yo lo asusto a él, pero convengamos, estoy en desigualdad de condiciones porque yo estoy dormida. Después de tantos años se fue acostumbrando y ahora o no me habla o trata de convencerme muy dulcemente que siga durmiendo, pero se enoja bastante.
Después de esta seguidilla de eventos la cosa no daba para más. Además de mis paseos extramuros, casi todas las noche me levantaba a “darme una vuelta” por la casa, me aparecía en la habitación de mis hijas y según su parecer “con cara de loca” les preguntaba “¿qué hacen?” como si fueran las cinco de la tarde. Así que partí de mi neuróloga, una chica joven que ya me había tratado las migrañas. Me hizo varios estudios y finalmente me planteó la posibilidad de  hacerme una polisomnografia, o sea, un estudio del sueño. Te tenés que internar, quedarte a dormir en un sanatorio como si fuera tu casa pero enchufada por todos lados. Después de muchas charlas y consideraciones llegamos a la conclusión que no daría resultado. Ella con ciertas precauciones para no ofenderme me dijo: “tenes que ir a un siquiatra, esto es un trastorno de ansiedad” Y allá fui. El tipo me explicó que mi mente no para, que no me funciona ese filtro que hace que no actuemos lo que estamos soñando, uy!, ¡qué divertido sería!, ¿se imaginan? Me medicó, pero me seguía levantando peor. Más dormida todavía, más peligroso se tornaba.
Un fin de semana largo nos fuimos a las sierras, a una casa grande con mis hermanos, éramos muchos. Nos tocó un dormitorio con cuchetas. Yo estaba en mi peor momento así que pensé, me acuesto abajo, por las dudas, para no golpearme. Y ¿qué pasó?, que pegué un salto y me partí la ceja con la cama de arriba y ¡no me desperté! Seguí durmiendo unos minutos hasta que el dolor de cabeza que sentía y algo frío y líquido que me chorreaba por la cara y se me metía dentro de la oreja me hicieron despertar. Voy al baño y me encuentro con ese panorama, toda la cara ensangrentada y yo sin saber de dónde me salía la sangre. No podía dejar de pensar que estábamos en un pueblo aislado y que si me tenían que coser, ¿qué haríamos? A los gritos como una loca desperté a todo el mundo y cuando  me vieron fue muy gracioso. Hasta que encontramos el corte y no era para tanto, pero…
Así fue que empecé yoga y técnicas de respiración. Hoy estoy mejor. Me levanto, le digo algo a mi marido, generalmente en un tono enojada o con miedo y después de pensar unos segundos, me voy dando cuenta que no estoy despierta. Leve. Los mediodías la pregunta de rutina es: ¿anoche me levanté, no? Y todos nos reímos de la situación.
Fantaseo con poner una camarita en mi dormitorio, como en la película “Actividad paranormal”, pero no me animo. Tengo miedo que al mirar los videos, además de ver todas mis locuras nocturnas, aparezca algo raro, y ahí sí que no duermo nunca más….










lunes, 24 de febrero de 2014

Ritual

- “¿Mañana a las 9 entonces?”
- “si, a las 9”.
No importa que sean las doce de la noche o las tres de la mañana. Es verano y al otro día, domingo. Las mañanas de verano de domingo son para disfrutar, y eso hacemos. Con un mínimo diálogo confirmamos el ritual.
Nos levantamos a las nueve. Preparamos el mate. Hacemos tostadas con pan del freezer o algún bizcocho viejo que ande dando vueltas. Nunca fuimos clientes de panadería. Yo me hago un mate cocido. No puedo tomar mate como primera bebida, me cae mal. Necesito la taza, “tomar la leche”. Después si, cuando la mañana avanza tomo algún que otro mate.
El comedor y la cocina están inundados de patio. Afuera todo brilla y está perfumado. Primero el jazmín paraguayo, después el jazmín de leche y por último la madreselva. Van alternando sus perfumes para hacernos compañía.
Acomodamos los sillones y la mesita mirando para el este. Si hace mucho calor, tomamos sol. Amo el sol de la mañana. Es cálido y fresco al mismo tiempo. Es tranquilo y no agrede. El patio está en silencio. Casi no tengo vecinos y los domingos a la mañana la gente duerme. No saben lo que se pierden. Leemos el diario y hablamos de cosas importantes. Desde comprar otra hortensia hasta qué vamos a hacer en las vacaciones. Hablamos de plata y de las nenas. De nuestros trabajos y de los días que vendrán. De la semana que nos espera. Trabajamos mucho y durante los días laborables nos vemos poco. En esos días la casa nos mira pasar y nosotros la miramos a ella con ganas. Ganas de disfrutarla, porque nos encanta. Y más amamos el patio. Todo queda para el fin de semana, cortar el pasto, tomar decisiones. De lunes a viernes cuando salgo a trabajar con mis pantalones largos y mis zapatos cerrados miro el patio, con su calor, sus flores y la pileta y pienso, “el domingo, ya llegará el domingo”.
Después de tomar unos mates y charlar, se corta el pasto, ordenamos el patio, limpiamos la pileta. A eso de las once escuchamos una vocecita que se asoma por la galería: “ey, ¿qué hacen?”. Es la niña que se despierta y se encuentra sola dentro de la casa. Sabe dónde estamos y se suma a la mañana. Pero ya todo cambia. La magia se transforma en realidad. Cambian los temas y las actividades. Se aproxima la hora del almuerzo. A veces se cocina asado, y si hace mucho calor organizamos pic nic en la sombra, como si estuviéramos en un camping. Entro a la casa y empiezo a ordenar. Pongo ropa a lavar. Comemos.
Después viene la siesta. Y después de la siesta cada cual toma su camino, club, amigos, tele, lectura. Ya está, la magia terminó. Mañana es lunes y hay que prepararse.

Si llueve el ritual cambia. Dormimos más, nos quedamos adentro, comemos pasta. Pero qué importa, estamos juntos, el verano es largo y siempre llegará el domingo.

jueves, 13 de febrero de 2014

Marcas

Como todos los años, teniendo mamá dedicada a la docencia, no se planteaban dudas con respecto a las vacaciones, veinte días en enero, diez días en invierno. Mi papá, al trabajar en el campo, enero lo tenía disponible, pero julio, no siempre. Todavía no aprendo los ciclos del campo, creo que en julio se siembra el trigo. Por eso mi papá, de las vacaciones de invierno, participaba “a medias”.
Ese invierno de 1985 partimos a la casa de la nona en Carlos Paz. Mi papá y mis hermanos mayores no iban. Éramos mi mamá, mis hermanos más chicos y mi amiga Carina. Yo tenía catorce años y me correspondía invitar a alguien. La técnica de mi mamá para que no me pusiera densa con la cantinela: “estoy aburrida”.
El primer domingo de las vacaciones nos fuimos a pasar el día a Icho Cruz*, a la casa de una familia amiga de toda la vida. Era una tarde gris de invierno, con mucho frío, pero qué importaba, estábamos de vacaciones. Allá me encontraría con Gaby, la hija de Nelda, que iba a la escuela con mi hermano y éramos muy amigas, en el pueblo vivíamos en la misma cuadra. Toda una vida de vereda, patines, escondidas y calle.
Ella ya tenía la tarde organizada, nos iríamos a dar unas vueltas a caballo todos juntos, nosotros, ella y más amigos de Icho Cruz que estaban de vacaciones. Yo enseguida dije que no. No me gustan los animales grandes, les tengo miedo. No tuve animales de chica y siempre me costó relacionarme con ellos y menos que menos un animal al que tenía que tocar y además subirme encima. No y no. Pero si. Todos iban y era eso o quedarme la tarde entera aburrida en la casa con Nelda y mi mamá. Así que partimos al encuentro de los caballos. Para terminar de convencerme Gaby me propuso ir con ella. Por supuesto, yo guiar un caballo, ni loca. Arrancamos y a las dos cuadras el caballo levantó las patas delanteras en un claro gesto de incomodidad y yo me caí. Una caída simple y tonta. Es más, caí sobre una pila de cenizas de leña. Pero enseguida me di cuenta. Sentí un dolor intenso en el brazo y empecé a gritar de miedo como una loca. No me importaba el brazo, lo único que quería era que el caballo se alejara de mí. Vino un vecino a ver qué pasaba y me hasta la casa donde estaba mi mamá. Me había dislocado el codo y seguramente, quebrado. Qué dolor. Así se dio por terminado el paseo en Icho Cruz. Mi mamá, enojadísima por tener que enfrentar la situación con tantos niños a cargo y sin mi papá, organizó todo y volvimos a Carlos Paz. Ella no sabía qué hacer, donde llevarme. A pesar de estar muy nerviosa,  en un acto de lucidez, se le ocurrió llegarse a la casa de un amigo de la infancia que vive en Carlos Paz que es cardiólogo para que le aconseje alguna clínica confiable. Estaba como loca. Yo tenía un pulóver de lana gorda, enorme, a rayas azul y blanco y nadie se había atrevido hasta ese momento a mirar cómo estaba mi brazo. El amigo de mi mamá lo hizo y todos transformamos nuestras caras. Mi codo estaba deformado y negro. Se veía muy feo.
Finalmente encontramos la clínica, esperamos horas  que viniera el especialista adecuado, me hicieron unos minutos de anestesia general para ponerme el codo en su lugar y cuando empecé a despertarme, me estaban enyesando. La historia podría terminar ahí, pero no. La cuestión recién comenzaba.
Volvimos a casa y después de tener el yeso un buen tiempo, empecé la rehabilitación. Un mes, dos. Una tortura. Llegamos a un punto muerto. Mi codo estaba trabado. Ni se extendía ni se encogía en los parámetros normales. Algo andaba mal. Y, por supuesto, la culpa era mía. La fisioterapeuta decía que yo no colaboraba, que era sicológico.Mis padres estaban desconcertados y yo, harta. Una mañana me fue a buscar al colegio mi tío, que es médico, para llevarme hasta la clínica. Había venido un traumatólogo especializado en codo y que querían que me viera. Todo mal. Se me había soldado el hueso de una manera incorrecta. Que me tenían que operar. Mi mamá y mi tío, decidieron de manera unilateral, que no. Que no hacía falta, que era mucho riesgo tocar el codo, que para qué, que no me dificultaba nada en la vida.
A mí lo único que me preocupaba era el vóley. Y así fue que tuve que aprender a jugar de nuevo, a sacar y rematar con mi brazo derecho más corto. Eso fue lo que más me dolió. Porque yo jugaba muy bien, el vóley era mi vida y nunca más tuve la fuerza que tenía antes de quebrarme. Lloré como corresponde a las tragedias adolescentes. Pero a nadie le importó.
Todavía hoy mi mamá me dice: “tampoco fue para tanto”. Y ahora la entiendo. No querían hacerme pasar por una cirugía sin garantías que mi codo quede mejor de lo que estaba.
Aunque pasaron más de veinte años es imposible olvidarlo, cada vez que está por cambiar el tiempo todavía me duele. Tampoco puedo llevar un peso muy importante porque el brazo no se estira del todo y me genera dolor. Además, ahora que estoy haciendo yoga hay muchos ejercicios que los hago diferentes por tener un brazo más corto.
Y así ando por la vida con mi codo deforme, los años me enseñaron que las marcas en el cuerpo suelen ser mucho más pasajeras y generosas en el dolor que las marcas que la vida nos deja en el alma.
Eso sí, nunca más me acerqué a un caballo. Ya había dicho yo que les tenía miedo.-

*Icho Cruz: un pueblo serrano a 20 kms. de Carlos Paz.

sábado, 8 de febrero de 2014

Una mañana común

Estoy en el banco. La gente me mira, ellos se conocen entre todos, pero a mí no. No soy de acá. Soy de un pueblo vecino. Vengo seguido por trabajo y además, al banco. Es un Banco Nación y en mi pueblo no hay. No es que este pueblo sea mejor o más lindo que el mío, no. Nos disputamos muchas cosas, ellos tienen Banco Nación, nosotros tenemos más restaurantes, y más escuelas. Estamos a 16 kilómetros.
Siempre hay  mucha gente, el cartel avisador de los números de orden para las cajas marca el 18 y yo tengo el 31. Parece que voy a estar un rato largo. Me espera el albañil en la obra pero no me animo a irme y volver después, a veces los números pasan rápido, a veces no.
Atrás mío escucho como conversan dos señores mayores. Hablan de la economía, de política y por supuesto, se quejan de todo, especialmente de la presidenta. Hablan del campo, de la soja, del dólar. Los temas de los que hablan todos por acá. Parece que la siembra de la soja en Estados Unidos pinta exitosa y eso está haciendo bajar el precio, después de tantos años viviendo en la zona, hasta yo lo entiendo.
Odio los bancos, las esperas, los papeles, los “sistemas”. Este banco por lo menos tiene   asientos donde esperar cómodamente, entonces yo, que no conozco a nadie y no puedo matar el tiempo haciendo sociales como hacen los demás, me traigo algo para leer. Pero hoy no, el libro que estoy leyendo es muy grande y pesado. Así que saco mi hermosa libretita de Gaudí y mi lapicera y escribo.
El banco cambió totalmente su organización interior desde que sucedió lo del caso Piparo. Ahora no vemos qué hacen los cajeros ni porqué tardan tanto, ni siquiera podemos saber si de las cuatro cajas está funcionando una sola o las cuatro. Sólo queda mirar para el cartelito que cambia los números. Y esperar, escuchar, escribir.
Llega un señor más joven y se sienta a mi derecha. Le habla a la chica que esta mas allá sentada hace rato: “tengo para toda la mañana” le dice, y la chica resignada le contesta: “esto es siempre así”. Y yo pienso, bueno, toda la mañana no, porque levanto la vista y alcanzo a ver el reloj de pared que está colgado en la oficina del gerente y marca las 11:10. Para mí la mañana ya está terminando. En los pueblos del interior el mediodía es a las 12, 12 y media a más tardar. El mediodía marca el fin de la mañana y el comienzo de la tarde.
Suenan teléfonos con todas las músicas posibles. La gente va y viene, sale, habla en la vereda, vuelve. Se escucha a cada ratito: “estoy en la banco, después te llamo”.  Y yo me pregunto cuando el cartel ya marca el 23, “¿qué hago acá?, ¿podríamos vivir sin esto, que tanto estresa, que a nadie le gusta?”. Supongo que sí, pero quedaría afuera de muchas cosas, del bendito “sistema”. Hoy vine porque tengo que pagar lo que gasté en mi último viaje y a hacer una transferencia para el taller de escritura a distancia. Viajar y escribir, dos actividades que me dan mucho placer. Que me significan una hora en el banco una vez por mes. 

Tampoco es para tanto, levanto la vista y el cartel ya marca el 26.

domingo, 2 de febrero de 2014

Hoy es mi cumpleaños

Hoy es mi cumpleaños, pero además, me toman las tablas del 8 y del 9. Por eso me levanto temprano, para repasar las tablas y porque es mi cumpleaños. Desde mi  dormitorio siento el perfume de la glicina de Chola, mi vecina. La planta no para de crecer y se trepa por todos lados. Ya cubrió parte del toldo de mi patio. Cumplo los años en setiembre y para esta fecha siempre está llena de flores lilas que perfuman toda la cuadra.
Me pongo el uniforme de la escuela y tomo la leche. Nieves, la chica que trabaja en casa, ordena, y yo repaso las tablas. Le pido que me tome, pero Nieves es muy nerviosa, no se queda quieta ni un minuto y cuando limpia hace un ruido constante con la boca. Como hacen los jugadores de tenis cuando sacan. Así que prefiero arreglármelas sola. Mientras recito las tablas doy vueltas alrededor de la mesa, ocho por uno, ocho, ocho por dos, dieciséis. Las sillas están patas para arriba porque Nieves lavó los pisos, entonces se me ocurre una idea, escribo debajo de cada silla el resultado de una multiplicación. Camino y voy mirando si lo digo bien o me equivoco. Ocho por cinco cuarenta. No puedo dejar de pensar que hoy es mi cumpleaños.
La fiesta es a la tarde, después de la escuela. Mi hermana me ayudó a hacer las tarjetitas. Quedaron lindas, las hicimos con cartulina y les pegamos figuritas. Este año son muy originales, mi mamá nos compró una tijera que corta con piquitos. Dicen bien clarito: “te espero en Juan José Paso 205”, ¡qué emoción! Repitiendo las tablas como un loro se hace la hora de almorzar. Llegan mi mamá y mi papá de sus trabajos y recibo el primer regalo. Es un libro. Me gusta leer y mi mamá lo sabe. Tengo muchos libros, aunque siempre le pido que me deje leer alguno de su biblioteca, que es inmensa. Dice que por ahora lea los que me regala ella. Que algún día podré leer de los suyos. ¿Qué misterios esconderán esos libros? No puedo ni imaginarme.
Almorzamos y me voy caminando a la escuela con mis hermanos. Me toman, ocho por seis cuarenta y ocho. Es un lindo día y es mi cumpleaños. Invité a todas mis compañeras de quinto grado, a mis primos y a Gaby, que aunque es más grande que yo, siempre jugamos juntas porque vivimos en la misma cuadra.
En los recreos, mientras repasamos las tablas, pensamos con mis amigas a qué vamos a jugar en el cumple. Al “pizza pizuela”, a “la escondida”, a “la estatua”, al “teléfono descompuesto” y al “cuchara, cucharita, cucharón” desde la verja de Doña Chola que tiene la altura perfecta para tirarnos sin golpearnos.
Suena el último timbre y vuelvo ansiosa para mi casa. Al final la señorita Cecilia no me tomó las tablas. Dice que por ser mi cumpleaños lo dejamos para mañana. Apenas salgo de la escuela me doy cuenta que algo cambió. Ya no hay más sol, el cielo está nublado. Oscuro. Trato de no pensar en eso mientras camino, nunca llueve para mi cumpleaños.
Llego a casa y me encuentro con Olga, la señora que me cuida. Me apura, “¡vamos a bañarse y cambiarse que se hace la hora!” Voy a mi dormitorio y encuentro sobre la cama la ropa preparada. Mi mamá siempre me encarga ropa nueva de Nelly, la modista que vive a la vuelta. Para mis cumpleaños me hace vestidos con lindos cuellos y bordados. Pero este año me hizo hacer una pollera plisada roja y una camisa blanca. En el cuello lleva una hermosa cintita de terciopelo del mismo color de la pollera. Además me compró zapatos. Me visto, la ropa nueva me queda perfecta. A la camisa le agrego un prendedor de dos florcitas anaranjadas. Me peino sola, hace un tiempo aprendí a hacerme la media cola. Me da un poco de trabajo desenredarme el pelo porque lo tengo larguísimo, pero prefiero hacerlo yo y no Olga o mi mamá que en el apuro me tironean y me hacen doler.
Cuando estoy terminando de prepararme escucho a través de la ventana un ruido que viene del patio de luz. ¿Llueve? Pienso por un momento. Y después me convenzo de que no. Que alguien debió poner en marcha la bomba que sube el agua del pozo al tanque, arriba del techo. Cuando el tanque se llena, rebalsa y caen gotas sobre el piso del patio simulando que llueve. Sí, eso debe ser.
Termino de cambiarme y voy para el comedor. Me encuentro con la mesa preparada, las gaseosas, los bonetes, los vasitos de colores, la torta llena de confites. Los globos. Llegó la hora. Mis hermanos se ponen insoportables y quieren comer y tocar todo. Mis padres están trabajando, seguro vendrán más tarde. Ya son las seis y cuarto.
Estoy feliz. Pero la alegría y la emoción de ver todo listo me dura poco. Giro mi cabeza y miro hacia la calle. Llueve y cada vez más fuerte. ¡Qué ganas de llorar! ¡Odio la lluvia! Pienso que nadie vendrá a mi fiesta. ¿Cómo harán para venir con esta lluvia? Algunas de mis amigas viven lejos y sus papás no tienen auto. Empiezo a llorar y escucho que Olga me habla. Trata de convencerme, me dice que de alguna manera vendrán. Ya son las seis y media y no llegó nadie. Esa era la hora que decía en la tarjetita. Olga me dice que no llore, que esperemos, que quizás lleguen más tarde por la lluvia. Mis hermanos se burlan de mí y yo me siento muy triste. Pasan quince interminables minutos y mientras pienso que no habrá ni “pizza pizuela” ni “cuchara, cucharita, cucharón”, tocan el timbre. Corro ansiosa a atender y ¡qué sorpresa! me encuentro con mi mamá y detrás de ella algunas de mis amigas vestidas de cumpleaños y con regalos en sus manos.  No lo puedo creer. Mi mamá salió antes de su trabajo y decidió pasar a buscarlas y traerlas a casa en el auto. Cuando me voy haciendo a la idea que seremos menos pero que habrá fiestita, vuelve a sonar el timbre. ¡Es mi papá con otro grupito de chicas! ¿Qué hace mi papá en el pueblo si tenía que trabajar toda la tarde en el campo? “Me vine porque llovía”, me dice guiñándome un ojo. Hacen varios viajes cada uno, mi mamá en el auto y mi papá en la camioneta y así traen a todos los invitados. ¡Qué felicidad! Nunca más me enojaré con la lluvia. Hoy me hizo el mejor de los regalos. Esta hermosa lluvia de primavera me trajo a mis papás y a mis amigas.

Ya estamos todos. Entramos a casa y empieza la fiesta. Afuera llueve a cántaros y adentro, es mi cumpleaños.