martes, 31 de marzo de 2015

CREDO


Creo en lo que veo, en la materia, en la genética, en la piel.
Creo en el universo, en la naturaleza.
Creo en la sabiduría, en los que saben, en los que enseñan, en los que aprenden.
Creo en los que suman. En los que multiplican.
Creo en las personas, en los amigos, en la familia.
Creo en los compañeros, en las compañías. Creo en las buenas intenciones.
Creo en lo que leo, en lo que escucho.
Creo en lo que escribo.
Creo en las letras. Creo en el trabajo. En la libertad.
Creo en mis manos, en mis pies, en mis sentidos.
Creo en un ladrillo sobre otro. En cuatro paredes y un techo.
Creo en lo que veo.
Creo en tu cuerpo. Creo en los compromisos, en los que se comprometen.
Creo en el respeto, en la responsabilidad. Creo en la puntualidad.
Creo en la voluntad.
Creo en el amor que todo lo cura, que todo lo puede. Creo en la verdad.
Lanzo mi deseo al universo y espero.
Lanzo mi deseo al universo y acepto.

Lanzo mi deseo al universo y creo en mí.


domingo, 31 de agosto de 2014

volar

A los 16 años tenía alas, unas alas enormes, superpoderosas. Alas que ya, a esa edad, me habían llevado unos meses de intercambio a Estados Unidos, a estudiar mil cosas, a ser la mejor alumna, a salir de lunes a lunes, a escribir poesías, jugar vóley, salir corriendo al medio de la calle apenas se largaba la lluvia. Alas para rendir quinto año libre.
Quería irme.
Empecé a estudiar para rendir y quedé embarazada.
Quería irme en serio. Quería dejar de ser hija, entonces fui madre.
En cinco meses rendí todas las materias, terminé el secundario, me casé, nació mi hija, me mudé, empecé la Facultad. Estaba en el camino, pera ya no tenía mis alas. Tenía una hija, marido, depto, ropa, comida, facultad. ¿Cuán lejos me había ido?
Pasaron los años, vinieron los logros, los títulos, la familia afianzada, la seguridad económica. Y las dudas, la eterna búsqueda. La disconformidad. ¿Y ahora qué?
“Y ahora yo, ¡ahora me toca a mí!”. Eso me dije hace un par de años y me fui un mes de viaje, sola. Y fui feliz, me sentí tan libre que no quería volver. Sentía cada día como mis alas crecían, lentamente. Y se abrió una puerta. La puerta de la crisis.
Al regresar me sentía rara. Quería volverme a ir, quería TODO para mí. Había llegado el momento de disfrutar de los logros y yo quería soltarlo todo.
Con el tiempo me calmé y comenzaron a reacomodarse las cosas. Pude entender que no quiero perder lo cosechado, ni tampoco hacer a los 40 (con otra realidad) lo que dejé de hacer a los 18 años.

Hoy tengo mis alas nuevamente. 
Aprendí que ya no tengo que volar sola, puedo volar en bandada.


viajar/volar

miércoles, 30 de julio de 2014

Madre, hijas

No elegí ser mamá y ese hecho fortuito, trampa del destino, del subconsciente, o como queramos llamarlo según quién lo analice, marcó para siempre mi relación con la maternidad y con mis hijas.
Quedé embarazada a los 16 años y para mi significó, simplemente, el pasaporte para irme de casa con el amor de mi vida. No concibo mi maternidad sin lo esencial, lo fundacional en esta historia que comenzó hace 25 años, el amor y la presencia de mi pareja.
Hace muchos años vi por casualidad un informe de un matrimonio de Estados Unidos donde explicaban que para ellos era mucho más importante la relación de pareja que la relación con sus hijos. Que era difícil de entender para todos pero que así lo llevaban y eran muy felices. Yo era chica pero lo entendí y me sentí muy identificada. Mis hijas mayores entienden que para nosotros es muy importante el “nosotros”, estar solos, hacer cosas sin ellas. Supongo que se lo debemos al hecho de no haber compartido nunca nuestra vida de pareja sin niños. Cuando nos fuimos a vivir en familia, mi hija ya había nacido y ahí comenzó un ansia, una necesidad de poder estar, alguna vez, solos. Hecho que tuvo que esperar años para hacerse realidad.
No soy una mamá “enamorada” de sus hijas. Esas mamás que es de lo único que hablan, de sus hijos, sean chiquitos, medianos o grandes. Y hablan de ellos como si fueran los hijos más importantes en el universo de los hijos. Lejos de toda realidad, todos somos hijos y todos tenemos una madre. No somos tan especiales. Creo que la maternidad te quita todo, todo lo que eras, lo que querías ser. Pero te da otras cosas, quizá, mucho más importantes y valederas. Te da la posibilidad de cambiar y ser una mejor persona. Cuando me fui de casa, a vivir a una ciudad, lejos de mis padres, lloraba por las noches. Lloré todas las noches durante meses repitiendo “no voy a poder”. Y no me refería a poder llevar adelante una familia, una casa, un matrimonio, la facultad, tenía miedo de no ser capaz de criar a un niño, no desde el punto de vista filosófico, no, simplemente desde las cuestiones domésticas más simples. Tenía miedo que se enfermera y yo no me diera cuenta, por ejemplo. Tuve que madurar para ser mamá, era adolescente y necesité cambiar muchas actitudes para poder enfrentar todos los días a una niña que me necesitaba con los pies sobre la tierra, coherente, paciente. Ese ser que manejaba mi vida, que me ataba, que me dejó sin alas, fue el mismo ser que me enseñó a demostrar cariño, a no sentirme sola, a ser feliz.

Hoy que mis hijas son grandes la maternidad se lleva fantásticamente. Son mis compañeras, en las buenas y en las malas, proyectamos, organizamos, nos apoyamos. Saben que necesito mis espacios, sola y con su padre, que cuentan conmigo pero que no me gustan lo pegoteos. Que me baso en la confianza y en darles las herramientas para que se sientan seguras y libres. Pero que no seré yo quien llame todos los días para ver qué hacen. Que respeto sus vidas como respetan la mía. Que lo único que les pido desde pequeñas es una relación basada en la verdad y en la libertad. Y aunque costó, fuimos encontrando el equilibrio. Lo mío no son los juegos, los besos ni los chistes, eso queda en el terreno del padre. Conmigo charlan, estudian, leen, vamos al cine. Alentamos entre los cinco la independencia y el amor. Soy una madre que no sigue libros ni consejos, apoyar en las buenas, estar atenta en las malas, no mucho más, una madre casi libertina en cuestiones sexuales, una madre coherente que no olvida que fue madre adolescente. Una mujer que maduró como persona y como madre a la par de su hija, todo al mismo tiempo. Una madre que aprendió que aunque los hijos crezcan, se es madre para toda la vida.
madre-niña   madre-bebé


domingo, 22 de junio de 2014

esa siesta

Está terminando noviembre y hace mucho calor. Hay un solazo de esos que parece hacer brillar todas las cosas, cuando recién nos estamos acostumbrando al comienzo del verano.
En el cole estos últimos días hicimos poco y nada, se habló mucho de política. Un mes atrás fueron las elecciones, votaron para presidente después de muchos años, y aunque no ganó el candidato que les  gustaba a mis padres, todos salimos a festejar igual. Ellos están muy contentos.
Hoy es mi último día de clases de sexto grado. La señorita Martha nos dijo ayer que no tendríamos clases normales. Que nos reuniríamos en el aula un ratito para hablar de un tema importante y que después nos iríamos a tomar un helado a la plaza.
Voy a la escuela a la tarde, a la siesta y hace calor, mucho. Encima uso guardapolvo blanco, lleno de tablitas y cuello alto. Qué calor me da. Le digo a Olga, la señora que me cuida, que no me abroche hasta el último botón cerca de la nuca, siento que me ahogo, pero no me hace caso, dice que queda mal.
Este año nos tocó un aula de arriba porque somos grandes. Son las más lindas, desde ahí se puede ver todo el patio. Ya en el aula, la seño nos habla del tema importante. Nos dice quiénes fueron elegidos abanderado y escoltas para el año que viene. Mariana, mi mejor amiga y Mariela son las escoltas y yo, la abanderada. Nos comunica que tendremos que participar del acto de asunción del nuevo intendente que será en pocos días. Qué orgullo. Me siento feliz, importante. No puedo demostrar mucho, no da. Siempre me gustó estudiar, me va muy bien, no todos lo entienden.
Lo primero que pienso es en correr a casa a contarle a mi mamá. Son las tres de la tarde.  ¿Qué estará haciendo a esta hora? Nunca estoy en casa a la siesta. Pienso que todavía tengo que ir a tomar el helado y ya no me interesa, quiero llegar rápido para contarle.
Vamos a la plaza con los chicos y apenas puedo escaparme me voy con Mariana caminando, como siempre;  son cuatro cuadras. Quedamos que me acompaña y después, a jugar a su casa, estamos contentas. Hoy salimos temprano y empiezan las vacaciones, ella es escolta y yo, abanderada.
La casa está en silencio, oscura, a mi mamá le gusta oscurecer en verano, dice que se siente más fresco. Adelante no hay nadie, entro a su dormitorio y ella duerme, está de espaldas a la puerta, ¿mi papá ya se habrá ido al campo? ¿mis hermanos estarán en gimnasia?. Le toco el hombro, la llamo, “mami, mami”. Ella se da vuelta sorprendida, de verme ahí parada, con cara de felicidad. “Tengo algo para contarte, me eligieron abanderada”. Pone cara de molesta y me dice “ya lo sabía”, se da vuelta y sigue durmiendo.
Y aca me quedo, paradita, sola, tan sola, esperando, siempre esperando. Que me digan algo, que se pongan contentos, que me quieran, que me registren. Pero nada. ¿Y ahora qué hago con esto que siento?, ¿con quién lo comparto si solo tengo once años?, ¿quien se pondrá contento por mí? ¿Qué hago con esta soledad que me invade siempre?

En esta casa donde mis hermanos pelean, mis padres no están nunca y Olga hace lo que puede. Sí, ella me da su cariño, me hace la leche cuando vuelvo de la escuela, me acompaña a los cumples de mis amigas, me plancha las tablas del guardapolvos, pero Olga no es mi mamá, ella  tiene sus hijos y yo, cuánto los envidio.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Yo te avisé

Esa tardecita de marzo del ‘87 entré a mi casa y te encontré parado en el comedor con una bolsa de lechuga y tomates en la mano. No me sorprendió, siendo el mejor amigo de mi hermano y además viernes, sabía que se venía el asado de comienzo de fin de semana.
Empezaban quinto año. Terminaban el secundario y ese sería para todos, incluso para mí, con mis inocentes quince años a cuestas, el año más divertido de nuestras vidas.
Entré y me miraste. Me miraste distinto por primera vez y para siempre, me di cuenta. Con los años me lo confirmaste. Me había cortado el pelo, estaba recién llegada del intercambio por cuatro meses y había dejado atrás a la niña de pelo largo y cara seria. Volví muy adolescente, con flequillo, cabello rebajado y enormes ganas de tomar las riendas de mi vida. Allá quedó la “niña que hace todo lo correcto”. Y vos fuiste el primero en darte cuenta.
Yo empezaba tercer año y con él, las salidas. Mucha salida. Mucha mentira a mamá. Mucho aparentar. Boliches, fiestas. De día la mejor alumna, responsable, haciéndome cargo de todo en casa. Por las noches, llegar tarde, tomar mucho, tomar de más, delirar. Vivir en ese mundo de fantasía lleno de canciones, de música, de risas, llantos, amigos, asados, vóley, ginebra con coca.
Comenzamos a frecuentar los mismos lugares, a cruzar miradas, un saludo, una charla. En medio de la noche, nos buscábamos. Te contaba de mis penas. Así estuvimos un par de meses. Un buen día ya no hablamos del pasado sino del presente y amigos de por medio fuimos reconociendo la situación y el interés mutuo. Ese miércoles de baile en el club, antes del feriado, me dijiste “te acompaño a tu casa” y yo dudé. “Nos vemos en el boliche el viernes” te dije para pensarla un poco, estirarla. El viernes llegó de un salto y en la terraza de Dixi nos pusimos de novios, hacía frio. Hablamos poco. Me acompañaste a mi casa, me diste un beso en la boca y me tocaste la espalda con la mano debajo de la ropa. ¿Cómo olvidarlo? Me pareció demasiado osado. Fue estremecedor. Un gesto tan apresurado como atrapante.  Esa noche entendí cómo venía la cosa, nada de contemplaciones. Sabía en la que me metía y me gustaba.
Y fuimos novios, a tu ritmo, con tus tiempos y desplantes, con tus prioridades, tus amigos y tus fiestas. Con mi hermano en el medio y sus escenas de celos. Fuiste mi novio, ese ser que sonreía con facilidad, de una felicidad simple, de familia en el campo, buena gente, buen alumno, jugador de futbol, bien criado. Admiraba tu forma de ser. Te quería todo para mí. Mantuviste a raya mis ansiedades, mis obsesiones, mis manipulaciones. Mis caprichos de niña bien. Aprendí a valorar tu mundo de cosas simples. De a poco y con muchos tironeos logramos independizarnos de las miradas externas y pudimos ensamblar nuestros mundos, tan diferentes. La línea recta y la montaña rusa. Me llenaste de amor y te transformaste en mi droga de la felicidad. Con vos fui débil, dependiente de tu amor. El amor que me salvó la vida. El amor en palabras, en gestos, en acciones. Me enseñaste que el amor se siente, se dice, no responde a los porqués.
Fueron meses de sexo escondido, culposo, divertido. De borracheras juntos. De miradas en el colegio. De amaneceres en el campo. De ser libre a tu lado. En esos días podía sentir la mirada de los adultos, de nuestros padres, de la gente de la escuela, intuyendo, suponiendo fugazmente que entre nosotros pasaba algo importante. Éramos cómplices. Todavía hoy siento esas miradas, ya no podemos ocultarlo. La gente sabe.

Hoy te quiero como el primer día, ese, que me tocaste la espalda. El día fundamental, cuando tuve la certeza de que el amor existe. Te dije que era para siempre. Yo te avisé, y vos, no me escuchaste.

lunes, 12 de mayo de 2014

Sin número


                               Terminaron las clases, pasaron las fiestas, llegó el verano y empiezo a aburrirme. Durante el año hago muchas actividades pero en el verano todas terminan. Lo que más tiempo me lleva es la escuela. Este año terminé sexto grado. Voy al Vélez Sarsfield, la misma escuela donde fue mi mamá y donde van mis hermanos. Curso a la tarde, después de almorzar. Así que a la mañana o a la tarde después de clases hago otras cosas. Porque me gusta y porque soy curiosa pero fundamentalmente porque si me quedo sin hacer nada, me aburro. Voy al Taller de Arte Municipal que funciona en la casita de la Banda vieja, voy a guitarra al Centro para la Juventud de la Municipalidad, voy a inglés a la Academia y a vóley al Complejo Deportivo. Pero terminan las clases, empiezan las vacaciones y todo cambia. Los horarios y las actividades. ¡Y yo me aburro tan fácilmente! Mi mamá no sabe qué hacer conmigo. Me inventa actividades que acepto contenta y entusiasmada. Entusiasmo que en poco tiempo se desvanece. Necesito siempre algo nuevo para hacer.
                              Pero este verano, en las vacaciones que pasé de sexto a séptimo grado, mi último año de primaria, me sucedió algo imperceptible para los demás y toda una aventura para mí.
                              Una mañana de enero llegó una carta a casa. Leo la dirección: Juan Jose Paso s/n. Enseguida algo me llama la atención. Ese “s/n” detona en mí una serie de preguntas y averiguaciones. ¿Qué significa “s/n”? Mi mamá me explica que es la abreviatura de “sin número”. ¿Cómo sin número? No entiendo, ¿nuestra casa no tiene número? Me explican que como vivimos en un pueblo pequeño no es necesario poner el número porque el cartero sabe perfectamente quién vive en cada casa. Curiosa como soy, me pongo a recorrer mi cuadra. A pesar de las explicaciones que me dan, observo que mis vecinos, Chola, doña Ema, doña Inyulina sí tienen números en los frentes de sus casas. Me dicen que es porque son casas más viejas. Que nosotros hace poco nos mudamos y que nunca lo pusimos. No lo entiendo. Yo también quiero que mi casa tengo un número. Pido más explicaciones. Ya cansados de mis planteos de todos los días con el tema de la dirección me dicen que si quiero saber el número de la casa tengo que ir a la Municipalidad a pedirlo. Que vaya.
                              Así empieza mi plan para hacer semejante tarea. ¡Qué emoción, qué ansiedad! ¿Dónde queda la Municipalidad, cómo llego, con quién tengo que hablar, hay que pagar, me lo van a dar a mí que sólo tengo diez años? La Municipalidad queda en la esquina de la escuela, me explican, pero del otro lado, pasando de largo. Nunca la vi porque no tengo permiso para ir más allá. Todos los días caminamos por la calle Güemes, son tres cuadras, doblamos en la esquina del quiosco de Picca por la Belgrano y ya llegamos a la escuela. En frente esta Petro donde me dejan comprar algunas golosinas y útiles y al lado vive mi abuela Alcira. Hasta ahí llegamos. Alcanzo a ver que en la otra esquina está la plaza y un edificio alto, pero nunca fui para ese lado. Tengo miedo de perderme. Ese edificio con un reloj en la torre es la Municipalidad, me dicen. Ahí tengo que ir. Y pedir el número de la casa. Me organizo para ir a la mañana siguiente. A la noche casi no duermo pensando en lo que pasará. Tengo miedo de perderme, de que no me entiendan, de que me reten. Siempre tengo miedo de que me reten. Mi mamá me pide que vaya caminando porque con la bici tengo que prestar más atención e ir por la mano, en cambio a pie voy y vengo por la misma calle por la que siempre me muevo.
                              Me levanto más temprano que otros días y parto esa mañana de verano, sola. No quiero que nadie me acompañe, es mi aventura personal. Entro a la Municipalidad y enseguida me atienden. Les explico lo que necesito. Todo claro. Buscan el número en unas planillas y me lo dan anotado en un papelito: Juan José Paso nº 208. ¡Viva! Ya está. Lo logré. Cuando llego a casa todos se sorprenden y se ponen contentos. Ahora tengo que convencer a mi mamá para que haga el cartel en el frente. Eso llevará más tiempo. No veo la hora. Así quedará completa mi aventura y podré decir que el número está ahí gracias a mí.
                              Me siento importante. Hice algo que quedará para siempre en nuestra historia familiar.
                              Todo el entusiasmo y la organización no me llevó más de una semana. Ahora ¿cómo me entretengo? ¡El verano es tan largo y recién empieza!


viernes, 25 de abril de 2014

Agua

El agua que es vida, que transforma una semilla de la quinta en un tomate con sabor a tomate, en unas chauchas para mi tarta con atún. El agua que es vida, que sana mis riñones, enfermos por herencia, que lava heridas, que limpia culpas, el agua que es bendita. El agua que bautiza, que sella, el agua del ritual. El agua que cae en la cabecita del bebé recién nacido sostenido por manos enormes de padre, enjabonado por manos expertas de madre. En el baño de la casa vieja, encerrados los siete, siendo parte. La familia definitiva, el vapor del invierno. La adoración al niño recién nacido, ya sin cordón umbilical. El agua que cocina mi comida, que limpia mi casa, que riega mis plantas. El agua que limpia los cuerpos, que lava mi cabello, largo, enredado, mientras siento las manos de mi madre, movedizas por toda mi cabeza, hurgando en mis orejas, en mi cuello, con sus uñas largas y su presencia ocasional.
El agua que es muerte, que destruye, que arrasa con todo, que ahoga, arrastra, traga como un monstruo hambriento todo lo que se cruza a su paso. El agua que es llanto. El agua que falta y el agua que sobra. El agua que hierve, que quema. El agua que es nieve, que es hielo.
El agua del río que refresca, que acompaña en vacaciones. Del río de mi infancia, el agua que divierte, que entretiene. Que crece junto a la sirena de aviso, que da miedo, ese río amigable y enojado al mismo tiempo. Que se lleva la playita y las carpas y nos da a cambio un camino de agua entre las piedras para llegar en gomón y a los gritos de la casa al balneario, medio de transporte imaginario. El agua de la pileta de casa, la novedad, compañía junto al mate recién descubierto de tardes adolescentes. El agua que recibe nuestros cuerpos y nos llena de placer en una tarde de verano.
El agua que contemplamos embelesados, de lago, de río, de cascada, de mar, el agua infinita. Y la fascinación del ser humano ante el agua, que funda ciudades, construye casas, inventa historias, convoca a turistas, atrae como un imán. El agua de lluvia que espero, que me encanta. La lluvia en el patio de la escuela que me llama a mojarme, a reírme con Mariana. A volver a casa empapada, en guardapolvo cantando “hoy te esperé bajo la lluvia dos horas, mil horas, como un perro” y la cara de mi madre, que se sorprende al verme, no por estar mojada, sino por la letra de la canción.
El agua que corre y el agua estancada, el agua transparente y el agua que oculta.

El agua, como la vida misma.